Discriminación en la enseñanza privada

Imagínense que quieren matricular a su hija o hijo en un colegio privado y que públicamente expone “no admitimos alumnado con defectos genéticos o dificultades. Absténganse los aspirantes con dislexia, asperger, discalculia u otras anomalías”. Se supone que heriría la sensibilidad y que los medios se harían eco. El problema es que se ignora en qué consiste el proceso de selección ni los criterios que siguen. 
Nuestra hija fue diagnosticada en este curso como asperger. Nos recomendaron escolarizarla en el colegio Fingoi de Lugo, por ser un centro que presume de modelo educativo integrador y respetuoso con la diversidad. En el proceso de selección, nos piden las notas de nuestra hija, le hacen una prueba escrita pero no hablan con ella (da que pensar), y tienen una entrevista con nosotros. Nos preguntan sobre sus dificultades (no sobre sus capacidades). 
Cuando concluímos, no esperábamos esta respuesta: “es una pena, porque estos casos a estas edades no solemos cogerlos”. Nos enfrentan al hecho de que Asperger es sinónimo de exclusión: una falta de delicadeza propia de un país de catetos, y sorprendente en un centro que presume de lo contrario. 
Nos queda la enseñanza pública. Pero cuando Wert acabe por hundirla, tampoco habrá oportunidad para el alumnado con dificultades. Y por lo que vemos, los centros privados no sólo serán exclusivos de quienes tengan posibilidades económicas, sino también de los genéticamente más aptos. 
Darwinismo social.
Blanca Castro

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